Lo que cambia cuando dejas de medir el éxito por las cosas que tienes

Hubo un momento en el que, mirando mi vida desde fuera, parecía que muchas de las piezas estaban exactamente donde tenían que estar. Había trabajado durante años, había construido patrimonio y tenía motivos suficientes para pensar que las cosas iban bien.

Incluso yo llegué a creer que había entendido bastante bien aquello de ganar dinero, construir libertad y organizar tu vida para depender cada vez menos de los demás.

Con el tiempo descubrí algo bastante incómodo: tener muchas cosas resueltas no significa necesariamente tener la vida resuelta.

Vivienda que representaba una etapa de estabilidad y éxito personal
En 2022 esta imagen representaba bastante bien muchas de las cosas con las que entonces medía si me estaba yendo bien.

Durante mucho tiempo el éxito era bastante fácil de medir

Cuando empiezas con poco, avanzar tiene indicadores muy claros.

Ganar más dinero. Tener un negocio que funciona. Comprar un coche mejor. Ahorrar. Invertir. Tener una casa que te gusta. Poder permitirte cosas que unos años antes no podías.

Y no creo que haya nada malo en ello.

Conseguir cosas después de haber trabajado para conseguirlas produce satisfacción. Algunas además mejoran realmente tu vida.

El problema aparece cuando empiezas a utilizar todo eso como marcador de algo mucho más grande.

Una cosa es construir patrimonio. Otra muy distinta es utilizarlo para decidir si tu vida va bien.

Desde fuera todo puede parecer perfectamente ordenado

Durante una etapa de mi vida tenía muchos de los elementos que años antes habría utilizado para describir a alguien al que le estaban saliendo bien las cosas.

Había construido una empresa. Había conseguido cierta estabilidad económica. Tenía patrimonio. Podía tomar algunas decisiones con una libertad que no había tenido cuando empecé.

Si hubiera hecho una fotografía de aquel momento y hubiera intentado explicarla en redes sociales, habría sido bastante fácil construir una historia de éxito.

Y seguramente habría sido cierta.

Pero habría sido solamente una parte de la verdad.

La libertad financiera tampoco te arregla la vida

Durante años me interesó mucho la idea de la libertad financiera. Sigue interesándome.

Me parece difícil discutir que tener ahorro, patrimonio e ingresos suficientes para tomar decisiones sin estar permanentemente contra las cuerdas mejora muchísimo tu posición.

El dinero compra margen.

Te permite decir que no. Te permite esperar. Te permite cambiar de dirección. Y, sobre todo, puede evitar que una mala decisión se convierta inmediatamente en una emergencia.

Todo eso sigue teniendo muchísimo valor para mí.

Lo que ya no hago es pedirle al dinero algo que el dinero no puede hacer.

Una cuenta bancaria no puede decirte si estás satisfecho con la vida que estás construyendo. Una casa no puede hacerlo. Un coche tampoco.

Son herramientas, patrimonio, aficiones o comodidades. No un marcador universal de que has ganado la partida.

No he dejado de querer cosas

Tampoco quiero construir aquí el personaje de alguien que ha descubierto que lo material no importa.

Porque sería mentira.

Me siguen gustando los coches. Me gustan las herramientas. Me gusta mejorar cosas. Me gusta tener proyectos. Y si mañana encuentro algo que me gusta y puedo permitírmelo, seguramente seguiré queriendo comprarlo.

La diferencia está en lo que espero obtener de ello.

Comprar algo porque lo voy a disfrutar es una cosa. Necesitar comprarlo para sentir que estoy avanzando es bastante diferente.

Ahora hay otros números que pesan más

Sigo mirando números. Probablemente más que antes.

Cuánto gasto. Cuánto ahorro. Qué patrimonio estoy construyendo. Cuánto puedo invertir. Qué proyectos generan dinero y cuáles solamente lo consumen.

Pero junto a esos números han aparecido otros indicadores que son bastante más difíciles de meter en una hoja de cálculo.

Cuánto tiempo controlo. Cuántas obligaciones necesito mantener. Qué capacidad tengo para cambiar de rumbo. Cuántas cosas poseo porque realmente las quiero y cuántas simplemente se han ido acumulando.

Y quizá el más importante: si la vida que estoy construyendo se parece a la que realmente quiero vivir.

También he cambiado mi idea de tranquilidad

Antes podía asociar tranquilidad con tener más.

Más ingresos. Más patrimonio. Más cosas. Más margen.

Ahora creo que una parte importante de la tranquilidad también consiste en necesitar menos para que todo siga funcionando.

No significa renunciar a crecer. Significa intentar que cada nueva cosa que incorporas a tu vida no termine convirtiéndose automáticamente en otra obligación.

Tener más opciones me interesa mucho más que tener más cosas.

La foto sigue representando algo bueno

Cuando miro una imagen como la que abre este artículo no pienso que aquella forma de medir las cosas estuviera equivocada.

Aquello también era resultado de años de trabajo, decisiones, riesgos y esfuerzo.

No necesito despreciar lo que conseguí entonces para reconocer que hoy lo miro de otra manera.

De hecho, probablemente esa sea una de las cosas que más han cambiado con los años.

Ya no necesito decidir si una etapa fue un éxito o un fracaso.

Puedo quedarme con lo que funcionó, reconocer lo que no y utilizar ambas cosas para construir la siguiente.

Quizá el éxito ahora sea otra cosa

No tengo una definición definitiva. Y probablemente sea mejor así.

Pero cada vez tiene menos que ver con poder enseñar una fotografía que demuestre que las cosas me van bien.

Tiene más que ver con disponer de margen para decidir. Con construir patrimonio sin convertirlo en una competición. Con tener proyectos que todavía me apetezca empezar. Con poder cambiar de opinión. Y con no necesitar aparentar que ya he llegado a ningún sitio.

Porque, además, cada vez estoy más convencido de que no existe ese sitio.

Sigo queriendo construir patrimonio. Sigo queriendo ganar dinero. Y sigo queriendo algunas cosas. Lo que ha cambiado es que ya no necesito que ninguna de ellas me diga si mi vida va bien.

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