No creo que los coches de antes fueran mejores en todo. Tampoco creo que cualquier coche viejo sea automáticamente interesante. Pero sí hay algo que sigo encontrando en muchos coches de otra época y que cada vez me cuesta más encontrar en los nuevos: la sensación de que todavía puedes hacerlos tuyos.
No es nostalgia
Es fácil caer en aquello de que antes todo era mejor. Los coches eran más sencillos, más duros, más baratos y tenían más personalidad. Pero la realidad tampoco es tan bonita.
Un coche antiguo puede dar averías, tener ruidos, holguras, óxido, instalaciones eléctricas tocadas por varias manos y piezas que empiezan a ser difíciles de encontrar.
Tampoco tiene la seguridad, el aislamiento, el consumo o el confort que puede ofrecer un coche moderno.
Por eso no creo que sean mejores.
Lo que creo es que algunos eran mucho más fáciles de entender.
No creo que los coches de antes fueran mejores. Creo que algunos eran más fáciles de hacer tuyos.
Puedes ver lo que está pasando
En muchos coches de los años 80, 90 o principios de los 2000 todavía puedes abrir el capó y entender bastante bien lo que tienes delante.
Puedes seguir tubos, cables, manguitos y mecanismos. Puedes desmontar algo, repararlo, cambiarlo o incluso equivocarte y volver a empezar.
Eso no significa que sean fáciles. Hay trabajos que siguen necesitando conocimientos, herramientas y experiencia.
Pero existe una relación bastante más directa entre tú y la máquina.
Y cuando te gustan los coches no solamente para conducirlos, sino también para trastear con ellos, esa diferencia importa mucho.
Siempre me ha gustado imaginar cómo podría quedar un coche
Mi relación con este tipo de coches tampoco empezó ahora.
Durante años he tenido coches que he ido cambiando, modificando y adaptando a mi manera. Algunas ideas quedaron bien. Otras seguramente hoy las haría de forma muy distinta.
Pero hay una cosa que prácticamente no ha cambiado: casi nunca miro un coche solamente por cómo está en ese momento.
Siempre termino imaginando cómo podría quedar.
Llantas, altura, suspensión, motor, interior, pequeños detalles… no necesariamente para convertirlo en algo radical, sino simplemente para que tenga un poco más que ver contigo.
Esa posibilidad de transformación forma parte del atractivo.
La imperfección también tiene algo
Hay otra cosa que he aprendido con los años: no necesito que un coche esté perfecto para disfrutarlo.
De hecho, a veces un coche demasiado perfecto casi da miedo tocarlo.
Cuando compras algo que todavía tiene cosas pendientes, tienes margen para decidir qué merece la pena reparar, qué quieres conservar y qué quieres cambiar.
Evidentemente hay un límite. Una cosa es comprar un proyecto y otra muy distinta comprar un problema sin saber dónde te estás metiendo.
Y alguna vez he confundido perfectamente ambas cosas.
Pero esa es también parte de la experiencia.
Tampoco quiero tener coches por tenerlos
Durante mucho tiempo me gustó la idea de acumular coches. Uno para esto, otro para aquello, otro porque apareció barato, otro porque algún día podía convertirse en algo interesante.
Con el tiempo he ido cambiando esa forma de pensar.
Sigo disfrutando de los coches de otra época, pero cada vez me interesa menos simplemente tenerlos.
Prefiero que cada coche tenga algún sentido. Que lo pueda usar, disfrutar, mejorar o que tenga un proyecto detrás.
Menos coches, probablemente. Pero coches que realmente me apetezca conservar.
Los coches modernos son mejores en muchísimas cosas
Si tuviera que hacer cientos de kilómetros todos los días, seguramente agradecería muchas cosas de un coche moderno.
Seguridad, climatización, aislamiento, asistentes, consumo, conectividad y comodidad.
Negar eso sería absurdo.
Pero disfrutar de un coche no siempre consiste en elegir objetivamente el producto más eficiente.
Hay veces en las que precisamente quieres algo que necesite un poco de tu atención.
Algo que tenga defectos. Algo que puedas conocer. Algo en lo que todavía tenga sentido meter las manos.
Quizá por eso sigo volviendo a ellos
No sé si dentro de diez años seguiré teniendo los mismos coches ni qué proyectos habrán pasado por mis manos.
Seguramente algunos se irán y aparecerán otros.
Pero creo que seguiré sintiendo cierta debilidad por los coches de los años 80, 90 y principios de los 2000.
No porque fueran una época perfecta.
Sino porque todavía dejaban bastante espacio para una cosa que siempre me ha gustado: coger algo que existe y pensar qué podría llegar a ser.
Quizá no sean mejores coches. Pero algunos todavía consiguen que quieras hacer algo con ellos. Y para mí, eso sigue teniendo mucho valor.