Me cuesta no empezar otro proyecto

Volkswagen Golf clásico desmontado durante un proyecto de restauración

Hay gente a la que le cuesta empezar.

A mí me ocurre casi lo contrario: no me cuesta empezar proyectos. Me cuesta no empezar otro.

Cuando aparece una idea nueva empiezo a desarrollarla mentalmente. Qué necesitaría, cuánto costaría, cómo podría hacerla y cuál sería el primer paso para ponerla en marcha.

Durante mucho tiempo he visto esto casi exclusivamente como una ventaja. Soy una persona a la que le gusta hacer cosas y normalmente no necesito demasiados empujones para empezar.

El problema es que empezar algo nuevo también puede convertirse en una manera muy eficaz de no terminar lo anterior.

Y con los coches puedo verlo perfectamente.

No me faltan coches. Y aun así sigo buscando otro

Ahora mismo tengo cinco coches que realmente considero parte de mis coches o de mis proyectos, repartidos entre Canarias y Asturias.

En Canarias tengo el Golf Cabrio, que utilizo habitualmente, y un Golf Mk2 azul que está averiado y pendiente de volver a ponerse en marcha.

En Asturias tengo el Audi A4, que utilizo cuando estoy allí, el Seat Toledo y otro Golf Mk2, en este caso blanco.

Es decir, tengo dos coches que cumplen una función clara de uso —el Cabrio en Canarias y el Audi en Asturias— y tres proyectos en diferentes estados.

El Toledo, por ejemplo, se está restaurando en un taller. Hay trabajos que ahora mismo no puedo hacer yo y he preferido delegarlos para que el proyecto siga avanzando en lugar de quedarse esperando.

Para mí eso también es terminar cosas. No necesito hacer personalmente cada trabajo si puedo conseguir que avance de otra manera.

Los dos Mk2 son otra historia. Son proyectos que todavía requieren tiempo, trabajo y decisiones.

Por tanto, la conclusión racional debería ser sencilla: con cinco coches entre uso y proyectos, no necesito buscar otro.

Pero prácticamente todos los días termino mirando Marketplace y Wallapop.

A veces son diez minutos. Otras veces encuentro algo y empiezo a investigar: un coche barato, un modelo que me gusta, un motor interesante, algo que parece recuperable o simplemente una oportunidad que activa inmediatamente esa parte de mi cabeza que empieza a construir argumentos a favor de comprarlo.

No necesito otro coche. Ese es el detalle importante.

No estoy buscando una solución a la falta de proyectos. Ya tengo proyectos. Estoy buscando la sensación que produce encontrar uno nuevo.

Mientras tengo dos Mk2 pendientes, un Toledo restaurándose y dos coches de uso, sigo dedicando atención a qué podría comprar después.

Ya he escrito sobre cuánto cuesta realmente tener varios coches, pero hay un coste mucho más difícil de apuntar en una hoja de cálculo: la atención que consume cada cosa que añades.

Ahí es donde he empezado a reconocer una forma de procrastinar que en mi caso resulta difícil de detectar: procrastinar cogiendo más proyectos.

Procrastinar también puede parecer trabajo

Cuando pensamos en procrastinar solemos imaginar a alguien evitando una tarea, perdiendo el tiempo o haciendo cualquier cosa menos lo que debería hacer.

Mi versión puede ser mucho más productiva.

Puedo encontrar un coche, investigar el modelo, comparar precios, buscar qué motor lleva, comprobar piezas, calcular cuánto costaría ponerlo al día y pensar qué haría con él. Incluso podría comprarlo y empezar a trabajar.

Todo eso requiere tiempo, decisiones y trabajo real. Pero esas horas salen de algún sitio.

Si las dedico a crear otro proyecto, no las estoy dedicando a avanzar con los dos Mk2, seguir la restauración del Toledo, ocuparme de otras cosas pendientes o simplemente disfrutar del Cabrio y del Audi.

Habría creado otro problema mucho más entretenido que resolver.

Eso es lo peligroso de esta forma de procrastinar. No estoy tumbado en el sofá sin hacer nada. Estoy investigando, aprendiendo, comparando y tomando decisiones.

Estoy ocupado.

Pero estar ocupado y avanzar no siempre son la misma cosa.

Una idea nueva todavía no ha tenido tiempo de darte problemas

El coche que hoy aparece en Marketplace tiene una ventaja enorme frente a los proyectos que ya tengo: todavía no ha tenido tiempo de darme problemas.

En el anuncio veo posibilidades. Imagino cómo podría quedar, qué haría con él o lo interesante que podría ser recuperarlo.

El proyecto que ya existe juega con desventaja. Ya sé qué necesita, qué piezas faltan, cuánto trabajo queda y qué problemas han aparecido.

Lo nuevo es posibilidad. Lo empezado ya es realidad.

Y la realidad casi siempre es menos perfecta que la idea que tienes antes de empezar.

Esto no me ocurre únicamente con los coches. Los coches simplemente hacen que el patrón sea imposible de disimular.

Internet ha hecho todavía más fácil empezar

Con los proyectos digitales me ocurre algo parecido. Una web nueva, una idea de contenido o una automatización pueden hacer que empiece inmediatamente a pensar cómo construirlas.

La diferencia es que ahora tengo herramientas que permiten pasar de una idea a algo real en horas. La inteligencia artificial y la automatización han eliminado buena parte de la fricción que antes servía como filtro.

Ese cambio ha transformado mi forma de trabajar, algo que ya expliqué al contar cómo he pasado de delegar en personas a delegar en máquinas.

Es una ventaja enorme, pero también tiene una consecuencia: puedo utilizar esa capacidad para terminar y mejorar lo que ya existe o para multiplicar continuamente el número de frentes abiertos.

Cuanto más fácil me resulta empezar, más importante se vuelve decidir qué no empiezo.

La pregunta que intento hacerme antes de empezar otro

No tengo un sistema perfecto para solucionar esto. Tampoco voy a inventarme ahora una regla de tres proyectos activos, una espera obligatoria de 72 horas o un método que en realidad no utilizo.

Lo que sí intento hacer es plantearme una pregunta:

Si empiezo esto, ¿qué cosa que ya existe va a recibir menos atención?

Un proyecto nuevo nunca llega a una agenda vacía.

Si mañana compro otro coche, el día seguirá teniendo las mismas horas. El tiempo que dedique a buscar piezas, arreglarlo, desplazarlo o pensar qué hacer con él tendrá que salir de los proyectos que ya tengo, de otras cosas que estoy construyendo o de mi tiempo libre.

Con una web, una idea de negocio o cualquier otro proyecto ocurre exactamente lo mismo.

El coste real de empezar algo no es únicamente el dinero o las horas que necesitará. También es aquello a lo que voy a dejar de prestar atención para poder hacerlo.

Ya he escrito sobre cómo intento priorizar cuando tengo demasiadas ideas y proyectos, sobre dejar de empezar cosas también es avanzar y sobre cómo uso ChatGPT para poner orden cuando se me acumulan demasiadas ideas.

Pero ninguna herramienta puede tomar por mí la decisión que realmente importa cuando aparece algo nuevo.

Y creo que para mí esa decisión ocurre exactamente entre estas dos frases:

“Mira qué interesante.”

y

“Voy a comprarlo.”

O entre:

“Esta idea podría funcionar.”

y

“Voy a empezar otro proyecto.”

No quiero dejar de mirar coches. No quiero dejar de tener ideas ni convertirme en alguien que necesita meses para decidirse a probar algo.

Lo que quiero es dejar un poco más de espacio entre descubrir una posibilidad y convertirla automáticamente en otra cosa pendiente.

Porque proyectos para hacer ya tengo. Lo que no tengo son más horas para hacerlos.

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