De delegar en personas a delegar en máquinas: mi nueva forma de emprender

De conductor a agente de inteligencia artificial: automatización de negocios con IA

Durante muchos años, para mí emprender significaba algo bastante físico.

Vehículos, teléfonos, clientes, horarios, averías, facturas y personas. Sobre todo personas.

Durante más de veinte años viví alrededor de un negocio de transporte y logística. Si quería aumentar la capacidad del negocio necesitaba, de una forma u otra, aumentar los recursos que tenía disponibles: otro vehículo, otro conductor, más horas y más organización.

Y aprendí a delegar.

Ahora estoy aprendiendo a hacerlo otra vez, pero de una manera completamente diferente.

Antes delegaba en conductores. Ahora puedo delegar en máquinas

Cuando tenía una empresa de transporte, yo no podía conducir todos los vehículos.

Parece evidente, pero detrás de esa idea tan sencilla hay buena parte de lo que significa crear una empresa.

Contratas a alguien, le explicas qué tiene que hacer, le das unas herramientas, estableces unas normas y esperas un resultado.

Un conductor recibía un trabajo: recoge aquí, entrega allí, comprueba esto y avísame cuando termines.

Yo no necesitaba estar sentado a su lado durante todo el recorrido.

Eso era delegar.

Y una de las cosas que más me está sorprendiendo de esta nueva etapa es descubrir que los agentes de inteligencia artificial empiezan a parecerse bastante a aquello.

Evidentemente, una máquina no es una persona y no pretendo comparar ambas cosas en todos los sentidos. Pero desde el punto de vista de organizar trabajo encuentro muchas similitudes.

Hay que definir bien el trabajo. Hay que darle las herramientas adecuadas. Hay que establecer límites. Hay que comprobar el resultado. Y, sobre todo al principio, hay que supervisar.

Si las instrucciones son malas, el resultado probablemente también lo será.

Eso ya lo había aprendido muchos años antes de conocer la inteligencia artificial.

De un negocio físico a crear activos digitales

Estoy en una etapa bastante diferente de mi vida.

Durante décadas mi cabeza estuvo acostumbrada a pensar en activos físicos. Un vehículo podía producir dinero. Una máquina podía producir dinero. Una nave podía tener valor.

Ahora estoy intentando aplicar parte de esa mentalidad a Internet.

Mi objetivo es crear activos digitales.

Una web es un activo digital. Un catálogo de contenidos puede convertirse en un activo. Una audiencia también. Un sistema automatizado, una aplicación o determinadas herramientas online pueden serlo.

La diferencia que más me interesa es la capacidad de escala.

Un vehículo solamente puede estar en un sitio a la vez.

Un contenido digital puede estar disponible para miles de personas simultáneamente. Y un sistema informático puede continuar ejecutando determinadas tareas sin que yo tenga que realizarlas manualmente una por una.

No significa que Internet produzca dinero mágicamente.

Significa que la infraestructura necesaria para experimentar es radicalmente diferente de la que conocí durante mi etapa anterior como empresario.

Esa transición tiene bastante que ver con lo que conté en Vendí mi empresa. No dejé de ser empresario: dejé atrás una forma concreta de trabajar, pero no la necesidad de seguir construyendo cosas.

La inteligencia artificial ha cambiado el coste de experimentar

Hace pocos años muchas de las cosas que hoy puede plantearse una sola persona habrían requerido conocimientos técnicos especializados o contratar a diferentes profesionales.

Hoy existen muchas más posibilidades.

Herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT, Google Gemini o Claude permiten abordar tareas relacionadas con generación de ideas, escritura, investigación, análisis, programación y resolución de problemas.

Y alrededor de ellas está creciendo todo un ecosistema de automatización con inteligencia artificial.

Plataformas como n8n, Make o Zapier permiten conectar aplicaciones y servicios para crear flujos de trabajo automatizados. Los agentes de IA llevan el concepto un paso más allá: determinados sistemas pueden recibir instrucciones, utilizar herramientas y ejecutar tareas dentro de los límites que les hayamos establecido.

No me interesa casarme con una herramienta concreta.

ChatGPT puede ser adecuado para una cosa, Gemini para otra, Claude para otra, y existen muchas otras alternativas. Dentro de unos meses probablemente habrá herramientas nuevas que hoy ni siquiera conocemos.

Lo importante para mí no es el nombre que aparece en la pantalla.

Es entender qué puedo delegar.

Un agente de IA me recuerda a mis antiguos conductores

Probablemente esta comparación me viene precisamente porque pasé tantos años en transporte.

Imaginemos que tenía cinco servicios pendientes.

Mi trabajo no consistía en conducir cinco vehículos. Consistía en decidir quién hacía cada servicio, proporcionar la información necesaria y asegurarme de que todo terminase correctamente.

Con los agentes de inteligencia artificial empiezo a pensar de una manera parecida.

Tengo una tarea.

¿Tengo que hacerla yo?

¿Puede hacerla un programa?

¿Puede automatizarse?

¿Puede realizarla una inteligencia artificial?

¿Necesita mi aprobación antes de continuar?

Ese cambio de pregunta me parece muchísimo más importante que aprender a utilizar cualquier herramienta concreta.

Durante años utilizamos ordenadores para hacer nuestro trabajo. Ahora empezamos a utilizar ordenadores para que hagan partes del trabajo por nosotros.

Delegar en inteligencia artificial no significa perder el control

También aquí encuentro paralelismos con mi etapa anterior.

Delegar nunca significó olvidarme de lo que estaba ocurriendo.

Si tienes una empresa de transporte, no entregas las llaves de un vehículo y desapareces. Hay procedimientos, documentación, mantenimiento, controles y responsabilidades.

Con la automatización de negocios mediante inteligencia artificial ocurre algo parecido.

Cuanto mayor es la autonomía de un sistema, más importante me parece definir qué puede hacer y qué no puede hacer.

Hay tareas donde un error importa poco. En otras puede costar dinero, publicar algo incorrecto o provocar problemas bastante mayores.

Por eso mi aprendizaje no consiste simplemente en descubrir cómo automatizar un negocio con inteligencia artificial.

También consiste en aprender cuándo no hacerlo.

Mi nueva plantilla no necesita aparcamiento

Hay algo casi irónico en todo esto.

Durante años, crecer significaba más vehículos, más seguros, más combustible, más mantenimiento y más problemas potenciales.

Ahora puedo sentarme delante de un portátil y experimentar con sistemas formados principalmente por software.

ChatGPT, Gemini, Claude, n8n, Make, Zapier y muchas otras herramientas forman parte de un mercado que está evolucionando a una velocidad difícil de seguir.

Algunas desaparecerán. Otras probablemente acabarán formando parte de las herramientas habituales de cualquier pequeña empresa.

Ahora, además, puedo comparar esa libertad para probar herramientas con lo que ocurre dentro de una organización grande. Lo estoy viviendo directamente y lo conté en Por la mañana trabajo en una multinacional. Por la tarde sigo siendo emprendedor.

Ahí la diferencia no está necesariamente en quién tiene mejor tecnología, sino en la distancia que existe entre descubrir una herramienta y poder utilizarla.

Pero creo que el cambio importante sobrevivirá a todas ellas:

estamos aprendiendo a delegar parte del trabajo intelectual en máquinas.

De los activos físicos a los activos digitales

Cuanto más avanzo en esta etapa, más curioso me resulta descubrir que quizá no he cambiado tanto.

Antes intentaba construir sistemas capaces de funcionar sin que yo tuviese que ejecutar personalmente cada tarea.

Ahora intento exactamente lo mismo.

Han cambiado las herramientas.

Antes había vehículos, conductores y teléfonos.

Ahora hay webs, automatizaciones, inteligencia artificial y agentes.

Mi etapa empresarial anterior estaba construida principalmente alrededor de activos físicos.

La siguiente quiero construirla alrededor de activos digitales.

Y hacerlo mientras trabajo por cuenta ajena también ha cambiado mi relación con los proyectos. Tener un horario y unos ingresos estables me permite experimentar sin exigir que cada idea se convierta inmediatamente en un negocio, algo de lo que hablo en Pasar de empresario a empleado.

El problema es que esa facilidad para experimentar tiene otra cara: siempre aparece algo nuevo que quiero probar. Por eso también he acabado escribiendo sobre por qué me cuesta no empezar otro proyecto.

No sé todavía hasta dónde llegará. Tampoco necesito saberlo.

Estoy experimentando, construyendo y aprendiendo a utilizar las mejores herramientas que tengo disponibles en cada momento.

Porque después de muchos años delegando trabajo en personas, estoy aprendiendo algo nuevo:

delegar trabajo en máquinas.

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