En mayo de 2026 vendí la parte de mi empresa que todavía me daba de comer.
La furgoneta, la autorización de transporte y la cartera de clientes con la que llevaba años trabajando cambiaron de manos.
Después de más de veinte años viviendo del transporte, de repente ya no tenía vehículo, rutas ni clientes con los que generar dinero al día siguiente.
Podría parecer el final de mi etapa como empresario.
Pero ocurrió algo bastante curioso: no sentí que hubiera dejado de serlo.
En realidad, creo que lo que había terminado era otra cosa: una forma concreta de ganarme la vida.
Mi primera empresa nació porque me debían dinero
Mi primera experiencia montando algo por mi cuenta fue en 2001. Y no tuvo nada de épico.
Yo era estudiante y trabajaba como comercial para un estudio de creación de páginas web. Había empezado a colaborar con ellos a principios de aquel año.
El segundo mes, en febrero, me dejaron unas comisiones pendientes de pagar. Decidí que aquellos proyectos no iban a salir adelante con esa empresa si no pensaban pagarme lo que me correspondía.
Así que hice algo bastante inconsciente: asumí yo los proyectos.
El pequeño problema era que no tenía ni idea de cómo sacarlos adelante.
Estaba estudiando programación de aplicaciones informáticas y algo de desarrollo web, así que me asocié con un amigo que estudiaba lo mismo y entre los dos terminamos los trabajos pendientes.
Después lo dejamos.
No nació una gran empresa tecnológica ni descubrí mi vocación empresarial. Resolvimos el problema que teníamos delante y seguimos con nuestras vidas.
Pero, visto desde hoy, ahí ya había algo que se repetiría muchas veces después: si aparece un problema, busco la manera de resolverlo aunque todavía no sepa exactamente cómo.
Antes de ser empresario fui autónomo
Desde muy joven había trabajado montando cocinas, muebles y ayudando en reformas. Tendría 16 o 17 años cuando empecé.
Años después encontré un anuncio de una empresa de transporte que buscaba un montador de cocinas.
Entré allí y aprendí algo que acabaría siendo mucho más importante de lo que parecía: una empresa de transporte podía hacer bastante más que mover mercancía de un sitio a otro.
Podía aportar trabajo especializado. Podía entregar, montar, instalar y resolver problemas al cliente.
Aquella empresa pagaba mal, pero me enseñó el modelo.
Después pasé a otra que hacía algo parecido, pero mejor.
Y allí ocurrió algo curioso.
A mí siempre me gustó mandar. Supongo que vieron que aquello podía terminar desequilibrando la estructura y decidieron que mi sitio no estaba dentro de la empresa.
Me echaron.
Pero no me echaron con las manos vacías.
Prácticamente me dijeron: contigo dentro no funciona, pero si te haces autónomo, aquí tienes una tarifa, vete a ver a este cliente y probablemente empieces a trabajar pronto.
Y así llegó mi primer cliente.
Durante años no me consideré empresario
Empecé a facturar en agosto de 2004.
Contraté un ayudante. Después a amigos y a toda la gente que encontraba cuando el volumen de trabajo empezó a crecer.
Entraba mucho trabajo y entraba mucho dinero.
Pero si me preguntas si entonces me sentía empresario, la respuesta es no.
Me sentía autónomo.
O “autómono”, que probablemente describa mejor aquella etapa.
Había personas, vehículos, clientes y mucho trabajo, pero no necesariamente una estructura pensada como empresa. Había que sacar el trabajo adelante y lo sacábamos.
Creo que no empecé a considerarme realmente empresario hasta 2018.
En 2018 quise construir algo diferente
Para entonces una idea que se repite hasta la saciedad me había volado la cabeza: la libertad financiera.
Quería generar ingresos de una manera que me permitiera ser más libre.
Ahí sí empecé a pensar de otra forma.
Constituí sociedades, monté estructura, compré vehículos, contraté personal y empecé a buscar crecimiento y nuevas oportunidades.
Tuve gente muy buena.
Y también gente muy mala.
Tuve años buenos, años malos y una pandemia por medio.
El COVID pegó una buena bofetada a prácticamente todo, aunque el transporte tuvo una situación peculiar: durante aquella etapa también se movió muchísimo trabajo y se ganó bastante dinero.
El problema para mí vino después.
La empresa que construyes también puede dejar de encajarte
Con el tiempo fui encontrando cada vez más difícil construir un proyecto en el que otras personas quisieran implicarse como yo esperaba.
Los últimos dos años terminé trabajando prácticamente solo.
Y entonces, en 2025, apareció una oportunidad diferente: empezar a trabajar en otro lugar y aprender cosas nuevas, aunque siguieran estando relacionadas con un campo que conocía bien, la logística.
Ese cambio de trabajar por mi cuenta a volver a ser empleado terminó afectando a muchas más cosas que la nómina. Lo conté con más detalle en Pasar de empresario a empleado.
Al mismo tiempo tenía que tomar una decisión con mi propio negocio.
La furgoneta con la que trabajaba se acercaba a los 900.000 kilómetros.
Si quería continuar en el transporte, había llegado el momento de sustituirla.
Eso significaba invertir aproximadamente 35 o 40 mil euros en otro vehículo y asumir que, de una manera u otra, los siguientes ocho o diez años de mi vida estarían condicionados por amortizar aquella inversión.
Y me hice una pregunta bastante sencilla:
¿Por qué no probar otra cosa?
Para gastarme 40.000 euros en otra furgoneta siempre habría tiempo.
Dejar de ser el dueño
Pasar de tener empresas, vehículos, trabajadores y clientes a fichar y trabajar para otro podría parecer un retroceso si uno mide su vida únicamente por las etiquetas.
Yo no lo vi así.
Lo vi como otro movimiento.
Podía aprender una parte diferente de la logística, tener un horario definido, cobrar mi sueldo y, sobre todo, recuperar algo que durante muchos años prácticamente no había tenido:
tiempo libre.
Y ahí apareció un problema que no esperaba.
Me aburro
Esta es probablemente la explicación menos sofisticada de por qué estoy empezando otra vez.
Me aburro.
Ahora termino de trabajar por la tarde y no tengo ninguna llamada pendiente, ningún vehículo parado, ningún trabajador que haya faltado, ningún cliente esperando una solución y ninguna ruta que organizar para mañana.
Durante muchos años podía terminar un reparto a las doce del mediodía y seguir teniendo veinte cosas en la cabeza.
Ahora termino mi jornada y se acabó.
Y descubrí que tener tiempo libre está muy bien hasta que tienes demasiado tiempo libre y una cabeza acostumbrada a estar creando cosas.
El problema es que, cuando vuelven las ideas, no siempre aparecen de una en una. De hecho, he terminado escribiendo también sobre por qué me cuesta no empezar otro proyecto.
Así empezaron a aparecer nuevos proyectos.
Webs. Contenidos. Automatizaciones. Inteligencia artificial. Sistemas capaces de hacer por sí solos parte del trabajo que antes necesitaba personas para ejecutar.
He pasado de organizar vehículos y personas a organizar procesos digitales. Ese cambio también me llevó a preguntarme qué ocurre cuando pasas de delegar en personas a delegar en máquinas con inteligencia artificial.
Y ahora que trabajo dentro de una organización grande mientras sigo desarrollando proyectos por mi cuenta, estoy viendo otra diferencia interesante: una multinacional y un emprendedor no pueden adoptar inteligencia artificial a la misma velocidad.
Y cuanto más automatizo esos procesos, más curioso resulta el problema: llega un momento en el que la maquinaria funciona sola durante días y vuelvo a aburrirme.
Entonces busco otra cosa.
Últimamente incluso estoy pensando en recuperar proyectos de coches que llevo meses dejando de lado.
No porque necesite montar otra empresa.
Porque necesito hacer cosas.
Ya no me gusta la palabra empresario
Después de todo esto hay una ironía: hoy no me gusta demasiado llamarme empresario.
De hecho, odio bastante la palabra.
Me gusta más emprendedor.
No por la versión de Instagram de la palabra. Ni por la foto del portátil delante de la piscina. Ni porque todo lo que empieces tenga que convertirse en una empresa millonaria.
Para mí emprender es algo mucho más sencillo.
Es saber que me voy a buscar la vida sea como sea.
Si es creando una empresa, será una empresa.
Si es haciendo una web, será una web.
Si es trabajando para otro mientras construyo cosas por mi cuenta, será eso.
Y si algún día toca comprar un tractor y buscarse la vida con él, pues será un tractor.
No volvería a empezar de cero
Esta es quizá la diferencia más importante respecto a cuando tenía veinte años.
Si mañana desapareciera mi trabajo actual y todos los proyectos que estoy construyendo siguieran siendo pequeños y sin generar apenas dinero, no sentiría que tengo que empezar de cero.
Porque ya no puedo empezar de cero.
Puedo perder una empresa. Puedo vender un vehículo. Puede terminarse un cliente. Puede fracasar una web. Puedo equivocarme de proyecto.
Lo que no desaparece con ninguna de esas cosas es todo lo aprendido durante el camino.
Parte de esas conclusiones las reuní también en Lo que aprendí después de 20 años trabajando por mi cuenta.
Hay mucho conocimiento acumulado en mi cabeza que ni siquiera comparto habitualmente: vender, negociar, organizar, contratar, equivocarme, perder dinero, ganarlo, detectar oportunidades, abandonar algo a tiempo y volver a empezar de otra manera.
Eso viaja conmigo.
Esa idea va más allá de haber vendido una empresa. En estos años también han cambiado mi trabajo, mi residencia, mis proyectos y otras partes de mi vida. Lo he contado con más calma en cambiar de vida sin empezar de cero.
Por eso cada vez tengo menos apego a los proyectos concretos.
Las cosas tienen un principio y tienen un final.
Cuando una rama se acaba, no necesito pasarme los siguientes diez años echándola de menos.
Busco otra.
Vendí mi empresa.
Pero, pensándolo bien, quizá el título de este artículo tampoco sea del todo correcto.
No dejé de ser empresario porque lo que realmente nunca dejé de ser fue emprendedor.