Lo que aprendí después de más de 20 años trabajando por mi cuenta

Durante más de veinte años trabajar por mi cuenta fue lo normal para mí. Tanto, que durante mucho tiempo ni siquiera pensé demasiado en lo que significaba. Había trabajo que sacar, problemas que resolver, clientes, vehículos, facturas y decisiones que tomar.

Ahora, después de haber vendido la rama de transporte y poder mirar aquella etapa con algo más de distancia, hay cosas que veo de otra manera.

Algunas las hice bien. Otras bastante mal. Y probablemente las que más me han servido sean precisamente las segundas.

Furgonetas de reparto frente a una nave logística durante una jornada de trabajo
Durante muchos años una imagen como esta formó parte de mi día a día. Entonces no parecía una historia. Simplemente era trabajo.

Empecé con bastante menos de lo que después llegué a tener

Cuando empecé en el transporte no tenía una flota, una gran estructura ni un plan empresarial especialmente sofisticado.

En 2004 empecé con una furgoneta alquilada y utilizando una tarjeta de crédito de 1.500 euros como parte del margen que tenía para poner aquello en marcha. Ya conté con más detalle cómo empecé en el transporte con una furgoneta alquilada , porque aquella primera etapa explica bastante bien muchas de las decisiones que vinieron después.

Visto desde hoy puede parecer una forma bastante precaria de empezar.

Probablemente lo era.

Pero había algo que entonces tenía mucho más peso que disponer de la estructura perfecta: había una oportunidad y estaba dispuesto a probarla.

Primero había que conseguir que funcionara. Después ya habría tiempo para convertirlo en algo más serio.

Muchas cosas que después parecen una empresa empezaron siendo simplemente alguien intentando que una idea funcionara el lunes siguiente.

La historia empezó con una furgoneta

Hace un tiempo conté también en YouTube cómo fueron aquellos comienzos, cómo entré en el transporte y cómo fue evolucionando todo durante los años siguientes.

Es una historia que ahora forma parte también de ADR Works, porque muchas de las decisiones que tomo hoy tienen bastante que ver con lo que aprendí durante aquella etapa.

Cuando grabé ese vídeo todavía no existía ADR Works como existe hoy. Pero la historia que cuento allí explica bastante bien de dónde sale una parte de este proyecto.

Facturar no significa necesariamente ganar dinero

Esta es una de esas lecciones que parecen evidentes hasta que tienes que pagar tú todas las facturas.

Puedes trabajar muchísimo. Puedes facturar más que el año anterior. Puedes tener más vehículos, más clientes y más actividad.

Y aun así estar construyendo un negocio peor.

Porque cada paso hacia arriba también puede traer costes, financiación, averías, seguros, impuestos, personal, tiempos muertos y problemas que antes no existían.

Con el tiempo también aprendí que tener dinero no es lo mismo que tener patrimonio . Facturación, beneficio, patrimonio y tranquilidad son cosas relacionadas, pero no son la misma cosa.

Crecer no consiste solamente en hacer más. También tienes que conseguir que ese crecimiento tenga sentido.

Y reconozco que no siempre lo conseguí.

Aprendí mucho más resolviendo problemas que haciendo planes

Siempre he sido bastante de hacer planes.

Calcular. Buscar posibilidades. Pensar qué ocurriría si cambiara esto o aquello.

Pero después de tantos años también aprendí que la realidad tiene bastante poco respeto por tus hojas de cálculo.

Un vehículo se rompe. Un cliente cambia de proveedor. Un trabajador se marcha. Una inversión cuesta más de lo previsto. Una oportunidad que parecía fantástica no funciona.

Y otras veces ocurre exactamente lo contrario: aparece una posibilidad que no estaba en ningún plan y termina cambiando el negocio.

Trabajar por mi cuenta me enseñó a planificar, pero sobre todo me enseñó a corregir.

Tener un plan ayuda. Ser capaz de cambiarlo cuando deja de funcionar ayuda bastante más.

Entonces llegó marzo de 2020

Hay momentos que ponen a prueba muchas de las cosas que creías haber aprendido.

Marzo de 2020 fue uno de ellos.

El mundo empezó a pararse y, durante aquellos primeros días, nadie tenía demasiado claro qué iba a ocurrir después.

Conservo esta Story del 16 de marzo.

Historia de Instagram del 16 de marzo de 2020 durante una jornada de reparto
16 de marzo de 2020. Mientras buena parte del país se detenía, el transporte y el reparto tenían que seguir funcionando.

En aquel momento no estaba pensando en guardar una imagen para escribir sobre ella años después.

Estaba trabajando.

Y eso es precisamente lo que hace que hoy me guste conservarla.

No cuenta una historia construida con perspectiva. Es simplemente un pequeño documento de cómo se veía uno de aquellos días desde mi lado.

Aquella etapa volvió a demostrarme algo que ya había visto otras veces: puedes intentar prepararte para muchos escenarios, pero siempre puede aparecer uno que ni siquiera habías imaginado.

No puedes controlar eso. Lo que sí puedes intentar construir es capacidad para reaccionar.

Esa idea sigue presente en cómo manejo ahora mi dinero. Por eso cada vez tengo más claro que invertir no sirve de mucho si antes no has construido tranquilidad . Tener margen no evita los problemas, pero cambia mucho la forma en la que puedes enfrentarte a ellos.

Ser tu propio jefe tampoco significa ser libre

Durante años se ha vendido bastante la idea de emprender como una forma de escapar de horarios, jefes y obligaciones.

Mi experiencia fue bastante menos romántica.

Cuando el negocio es tuyo, muchas veces no eliminas las obligaciones. Las concentras.

Si algo importante falla, puedes ser precisamente la persona que no tiene a quién pasarle el problema.

Eso también tiene una parte buena.

Te acostumbras a decidir. A buscar soluciones. A asumir que algunas decisiones saldrán mal y que aun así tendrás que tomar la siguiente.

Pero nunca he confundido trabajar por tu cuenta con vivir permanentemente en libertad.

A veces puede ser exactamente lo contrario.

No todo crecimiento merece la pena

Durante una etapa, crecer parecía casi siempre la dirección lógica.

Más trabajo. Más facturación. Más vehículos. Más capacidad.

Con los años empecé a hacerme otra pregunta: ¿para qué?

Porque una empresa más grande no es automáticamente una empresa mejor.

Y un negocio que factura más tampoco tiene por qué mejorar la vida de la persona que lo ha construido.

A veces merece la pena crecer. A veces merece la pena mantenerse. Y otras veces la mejor decisión puede ser salir.

Es algo que también he aprendido con proyectos mucho más pequeños. A veces vender perdiendo dinero también puede ser una buena decisión si la alternativa es seguir inmovilizando dinero, tiempo y atención simplemente porque ya has invertido demasiado.

Vender tampoco significó que aquello hubiera fracasado

Después de más de veinte años terminé vendiendo mi empresa de transporte.

Durante mucho tiempo había asociado emprender con construir, mantener y hacer crecer algo.

Pero vender también puede formar parte de construir.

Un proyecto no tiene que durar toda tu vida para haber tenido sentido.

Puede darte dinero. Puede darte experiencia. Puede enseñarte lo que quieres repetir y también aquello que no quieres volver a hacer.

Y puede permitirte utilizar todo eso en la siguiente etapa.

Vendí mi empresa. No dejé de ser emprendedor.

Esa es también la razón por la que para mí empezar de nuevo después de los 40 no significa empezar de cero . Puedes cambiar de etapa, de herramientas o incluso de actividad, pero te llevas contigo todo lo que aprendiste construyendo la anterior.

Ahora empiezo cosas de otra manera

Una de las diferencias más grandes respecto a cuando empecé es que hoy intento arriesgar menos para comprobar más.

Antes era mucho más fácil pensar que para empezar algo había que tener vehículos, instalaciones, herramientas o una estructura desde el primer día.

Hoy prefiero empezar con lo mínimo.

Probar. Medir. Corregir. Y solamente después invertir más recursos en aquello que demuestra que tiene sentido.

Eso implica también renunciar a algunas ideas. Con el tiempo he entendido que dejar de empezar cosas también es avanzar . No todas las posibilidades necesitan convertirse en un proyecto.

En parte es experiencia.

Y en parte es que las herramientas disponibles ahora permiten hacer cosas que cuando empecé eran impensables sin bastante más dinero y estructura.

También he aprendido a valorar lo que no funcionó

Sería muy fácil contar veinte años seleccionando únicamente las decisiones que salieron bien.

Quedaría una historia estupenda.

También sería bastante falsa.

He perdido dinero. He calculado mal. He empezado cosas que no llegaron a ninguna parte. He insistido más de lo necesario en algunas y abandonado otras.

Pero incluso de ahí salió algo.

A veces dinero. Otras veces experiencia.

Y algunas veces simplemente la certeza de que la siguiente vez intentaría hacerlo de otra manera.

Lo que no dio dinero, dio aprendizaje.

Veinte años después sigo teniendo ganas de empezar cosas

Probablemente esa sea la conclusión que más me interesa.

Después de tantos años podría haber terminado cansado de emprender, probar y complicarme la vida.

No ha ocurrido.

Lo que ha cambiado es la manera de hacerlo.

Tengo menos interés en demostrar que una idea es buena antes de probarla. Menos interés en construir estructuras grandes desde el principio. Y bastante más interés en comprobar rápidamente si algo tiene posibilidades reales.

Las herramientas han cambiado muchísimo desde aquella primera furgoneta.

Yo también.

Pero hay una parte que sigue siendo prácticamente la misma: ver una posibilidad y querer descubrir hasta dónde puede llegar.

Después de más de veinte años trabajando por mi cuenta no tengo una fórmula para emprender. Tengo errores, decisiones, unas cuantas historias y bastante más claro que antes que ningún plan sale exactamente como esperas. Quizá por eso todavía me apetece empezar el siguiente.

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