Vender perdiendo dinero también puede ser una buena decisión

Esta Renault Express ha sido una de mis cagadas de este año.

No pasa nada por decirlo así.

He comprado muchos coches durante mi vida. Algunos salieron muy bien. Otros regular. Y de vez en cuando aparece alguno que sirve para recordarte que tener experiencia no te vacuna contra tomar una mala decisión.

La Express es uno de esos casos.

Lo difícil de una mala compra no siempre es perder dinero. A veces lo difícil es aceptar que seguir poniendo dinero puede hacerla todavía peor.

Renault Express roja antigua aparcada en un garaje
Mi Renault Express. Una de esas compras que parecían tener sentido cuando las haces y que después empiezas a mirar de otra manera.

Las malas compras casi nunca parecen malas cuando las haces

Si una compra pareciera absurda desde el principio, probablemente no la haríamos.

El problema es precisamente el contrario.

En el momento de comprar encuentras razones.

El precio parece interesante. Ves posibilidades. Piensas en lo que podrías hacer con aquello. Calculas cómo dejarlo bien. Incluso empiezas mentalmente a imaginar el resultado terminado.

Con un coche viejo esa película es especialmente fácil de montar.

Ves algo barato y empiezas a pensar: “con cuatro cosas esto queda bien”.

Y las famosas cuatro cosas tienen una habilidad extraordinaria para reproducirse.

Una furgoneta vieja parece una oportunidad perfecta

Una Renault Express tiene todos los ingredientes para resultar atractiva si te gustan los vehículos antiguos.

Es sencilla. Tiene personalidad. Cada vez se ven menos. Y aparentemente no necesitas una fortuna para tener una.

Además, cuando llevas años metido entre coches, es fácil pensar que siempre podrás resolver los problemas que aparezcan.

Mecánica sencilla. Piezas. Un poco de trabajo.

Sobre el papel todo encaja.

El problema es que un proyecto no se paga sobre el papel.

Comprar barato no significa necesariamente comprar bien.

El precio de compra es solo el primer número

Este es uno de los errores más habituales cuando miramos coches baratos.

Pensamos demasiado en cuánto cuesta entrar y demasiado poco en cuánto cuesta salir con el coche terminado.

El precio inicial es únicamente la puerta.

Después pueden llegar mantenimiento, averías, neumáticos, ITV, piezas, transporte, seguros, impuestos y una colección de pequeños gastos que individualmente parecen asumibles.

Pero se van acumulando.

Es algo de lo que ya he hablado en el verdadero coste de comprar un coche barato .

La Express terminó convirtiéndose para mí en otro recordatorio práctico de esa misma idea.

Y existe un coste que no aparece en ninguna factura

El tiempo.

Tener un proyecto pendiente también ocupa espacio en la cabeza.

Hay que buscar piezas. Pensar qué hacer. Encontrar tiempo. Moverlo. Llevarlo a algún sitio. Resolver el siguiente problema.

Incluso cuando el coche está parado, el proyecto sigue ahí.

Y cuando tienes varios vehículos, varios proyectos y otras cosas que también quieres construir, ese coste empieza a ser bastante importante.

Ahí aparece la trampa: ya he gastado dinero

Este es probablemente el punto más interesante de toda la historia.

Una vez has comprado algo y has empezado a gastar, venderlo por menos de lo invertido cuesta.

No solo económicamente.

También mentalmente.

Piensas: “si ahora lo vendo, pierdo dinero”.

Así que aparece una alternativa aparentemente mejor:

gastar un poco más.

Terminarlo.

Arreglar aquello.

Hacer esta otra cosa.

Y entonces sí venderlo.

El problema es que ese razonamiento puede repetirse indefinidamente.

El dinero que ya has perdido no vuelve porque gastes todavía más.

El mercado no sabe cuánto dinero has puesto tú

Esta es otra realidad incómoda.

Puedes haber comprado un coche, reparado varias cosas, cambiado piezas y dedicado muchas horas.

Eso no significa que el siguiente comprador vaya a pagártelo.

El valor de mercado no lleva una casilla donde puedas añadir todas tus decisiones anteriores.

Un coche vale aproximadamente lo que alguien está dispuesto a pagar por él en ese momento y en ese estado.

Da igual lo que hayas invertido emocionalmente.

Y eso obliga a separar dos números:

cuánto me ha costado y cuánto vale.

A veces coinciden.

A veces no.

Vender con pérdida no siempre aumenta la pérdida

Puede detenerla.

Esta es la parte que cambia completamente la decisión.

Si mantener algo significa seguir pagando, seguir invirtiendo o seguir destinando tiempo a algo que ya no quieres, conservarlo también tiene un precio.

Imagina que puedes vender hoy perdiendo dinero.

La alternativa no es necesariamente vender hoy o vender mañana por el mismo importe.

Puede ser:

vender hoy asumiendo una pérdida, o gastar otros meses de tiempo y dinero para terminar exactamente en el mismo sitio.

En ese caso, la pérdida menor puede ser precisamente vender.

También importa para qué quieres recuperar ese dinero

El capital atrapado en algo que no utilizas sigue siendo capital que no puedes utilizar en otra cosa.

Puede estar en forma de coche.

Pero sigue inmovilizado.

Si vendes, aunque recuperes menos de lo que invertiste, vuelves a tener liquidez.

Y entonces puedes decidir qué trabajo quieres darle a ese dinero.

Ahorrar. Invertir. Terminar otro proyecto. O simplemente dejarlo quieto.

Esa libertad también tiene valor.

El espacio también vale dinero

Esto se ve especialmente bien con los coches.

Un vehículo parado ocupa sitio.

Y aunque dispongas del sitio, ese espacio deja de estar disponible para otra cosa.

Cuantos más coches acumulas, más evidente se vuelve.

Es una de las razones por las que ahora prefiero tener menos coches pero mejores .

No se trata simplemente de reducir por reducir.

Se trata de que cada coche que mantengo tenga una razón suficiente para ocupar dinero, espacio y atención.

El error ya ocurrió el día que compraste mal

Esta idea me parece especialmente importante.

Cuando una compra sale mal, tendemos a pensar que la pérdida ocurre el día que vendemos barato.

Pero no es exactamente así.

Si pagaste demasiado, calculaste mal o compraste algo que no debías, el error ya ocurrió.

Vender simplemente hace visible el resultado.

Y retrasar ese momento no modifica necesariamente la realidad.

No pierdes dinero porque reconozcas un error. Muchas veces reconocerlo es precisamente lo que evita seguir perdiendo.

La Renault Express no fue una catástrofe

Y tampoco quiero exagerarlo.

Esto no es una historia sobre arruinarse comprando una furgoneta.

Es una compra que no salió como esperaba.

Punto.

He tenido aciertos mucho mayores que este error y probablemente volveré a equivocarme con algún coche.

Forma parte de jugar.

Lo importante es lo que haces después.

Antes intentaba salvar todos los proyectos

Cuando tienes mentalidad de arreglar cosas, abandonar cuesta especialmente.

Siempre parece que queda una última solución.

Una pieza más. Un fin de semana más. Un poco más de dinero.

Y probablemente muchas cosas se pueden salvar.

Pero poder salvar algo no significa que merezca la pena salvarlo.

Esa diferencia me parece cada vez más importante.

Hay proyectos que enseñan más cuando los terminas que cuando los acabas

Terminar y acabar parecen la misma cosa.

Para mí no lo son.

Acabar un proyecto puede significar restaurarlo, dejarlo perfecto y cumplir el plan original.

Terminarlo también puede significar decidir que hasta aquí llegó y pasar a otra cosa.

Ambas decisiones cierran el proyecto.

Solo una necesita obligatoriamente seguir gastando.

¿Volvería a comprar otro coche barato?

Claro.

Esta experiencia no me ha convertido de repente en alguien que solo quiere coches nuevos con garantía.

Me gustan demasiado los coches viejos para eso.

Pero intento mejorar el filtro.

Pensar menos en lo barato que es comprarlo y más en cuánto va a costar tenerlo como realmente quiero.

Algo parecido a lo que planteaba en comprar un coche para restaurar o comprarlo terminado .

Porque muchas veces el coche caro es precisamente el que parecía barato.

La Express ya me ha dado algo útil

Una lección.

Y puede parecer una manera elegante de justificar una cagada, pero prefiero quedarme con eso. 😅

Me ha recordado que no tengo ninguna obligación de mantener una decisión simplemente porque fui yo quien la tomó.

Puedo cambiar de opinión.

Puedo reconocer que hice mal las cuentas.

Y puedo vender perdiendo dinero si la alternativa es perder todavía más.

A veces ganar consiste en comprar bien.

Otras veces consiste en vender bien.

Y alguna vez consiste simplemente en saber cuándo dejar de echar dinero detrás de una decisión que ya salió mal.

La Renault Express probablemente no será una de las mejores compras que recuerde.

Pero puede acabar siendo una de esas decisiones que, vista con perspectiva, me ayude a cometer menos errores caros en el futuro.

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