Cómo dejar de incumplir las promesas que te haces a ti mismo

Adrián trabajando en sus proyectos personales por la tarde junto al mar en Canarias

Para dejar de incumplir promesas contigo mismo hace falta hacer tres cosas: prometer menos, decidir qué vas a hacer antes de que llegue el momento y no dejar que el cansancio negocie por ti.

No necesitas otro sistema de productividad. Necesitas entender por qué una promesa a ti mismo pesa menos que cualquier otra, y diseñar tu día teniendo eso en cuenta.

Yo lo he aprendido por contraste.

Durante años dirigí una empresa de transporte. Ahora trabajo por cuenta ajena por la mañana y por la tarde me dedico a mis propios proyectos.

Ese cambio entre dirigir mi propia actividad y volver a trabajar dentro de una estructura ajena lo conté con más detalle en Pasar de empresario a empleado.

En esa segunda parte del día casi todo depende de mí.

Y ahí es donde más promesas rompo.

Por qué incumplimos lo que nos prometemos

Con un jefe, un cliente o una avería urgente, la decisión ya está tomada.

Hay un horario, una responsabilidad y otras personas que cuentan contigo. Si tengo que estar en mi puesto, no me pregunto si me apetece. Voy.

Cuando dirigía mi empresa pasaba algo parecido.

Una furgoneta averiada no podía esperar. Un cliente tampoco. Una entrega tenía hora y una factura tenía vencimiento.

La realidad me ponía el reloj.

Por la tarde, en cambio, la negociación es conmigo mismo.

Nadie me va a llamar mañana preguntando por qué no grabé el vídeo.

Nadie me va a despedir por no entrenar ni a sancionar por no cambiar unas llantas.

Y yo soy bastante fácil de convencer.

¿Es falta de disciplina o falta de consecuencias?

Casi siempre es lo segundo.

Sé perfectamente lo que toca, y el problema aparece cuando llega el momento.

Sé que debería grabar, pero no me apetece ponerme delante de la cámara.

Sé que tengo que cambiar unas llantas, pero me duele la espalda.

Sé que debería entrenar, pero estoy cansado.

Y sé que quiero explorar una vía nueva de monetización, pero eso implica sentarme a investigar cuando ya llevo todo el día trabajando.

Esto es una de las cosas que más estoy notando desde que mi jornada tiene dos contextos completamente distintos: por la mañana trabajo dentro de una estructura y por la tarde vuelvo a decidirlo prácticamente todo yo. De esa diferencia hablé también en Por la mañana trabajo en una multinacional. Por la tarde sigo siendo emprendedor.

Cada excusa, vista por separado, suele ser razonable:

“Mañana grabo.”

“Las llantas pueden esperar.”

“Hoy no entreno, estoy cansado.”

“Esa idea ya la miraré.”

Una tarea puede esperar.

Todas no.

Si todo puede esperar siempre, nada avanza.

Cuando el único perjudicado por no hacer algo eres tú, el daño no se ve en el momento.

Pero seis meses después sí.

Un coche sigue pendiente.

Un canal no avanzó.

Una idea nunca se probó.

Un hábito no existe.

Nadie lo impidió.

Nadie obligaba a hacerlo.

¿Cómo distinguir una razón real de una excusa?

No todo incumplimiento es falta de disciplina.

Si me duele la espalda, no tiene sentido tirarme debajo de un coche.

Si estoy agotado, grabar un vídeo puede dar un resultado malo que luego tenga que repetir.

Si llevo una semana saturado, descansar puede ser más útil que exprimir otra tarea.

La dificultad es que cuando tú pones las reglas, también puedes cambiarlas.

Por eso me hago una pregunta incómoda:

Si esto se lo hubiera prometido a un cliente, ¿lo cancelaría por este motivo?

Si la respuesta es sí, probablemente sea una razón real.

Si es no, seguramente sea una excusa con buen argumento.

Cómo dejar de romper promesas contigo mismo: lo que intento hacer

Esto no es una agenda militar.

No quiero una vida con KPIs para todo.

Se trata de decidir algunas cosas antes de que llegue el momento de negociar conmigo mismo, porque a las siete de la tarde, cansado y con la espalda tocada, soy capaz de fabricar argumentos muy convincentes.

  1. Elegir una sola prioridad por tarde, antes de salir del trabajo. Es el paso que más cambia las cosas. No puedo entrenar, escribir, grabar, trabajar en coches, mejorar webs y empezar tres ideas nuevas en la misma tarde. Si decido una cosa antes, lo demás es extra y no obligación. Si hoy toca grabar, quizá hoy no toca coche.
  2. Prometer menos. Prometer cinco cosas y hacer una no solo avanza poco. También entrena la costumbre de no hacer caso a mis propias promesas.
  3. Reducir la tarea al mínimo cuando no me apetece. No pienso en “grabar el vídeo entero”. Pienso en “dejar la cámara preparada”. Casi siempre lo difícil es empezar.
  4. Tener una salida legítima definida de antemano. Si me duele la espalda, no hago coche, pero cambio esa tarea por otra más ligera en vez de dejar la tarde en blanco.

Nada de esto me obliga a nada.

Simplemente reduce las veces que tengo que decidir en caliente.

Cumplir no significa hacerlo todo

Durante mucho tiempo habría confundido disciplina con hacer más.

Ahora creo que muchas veces consiste en elegir bien qué no vas a hacer.

Y también en no convertir en rendimiento todo lo que te gusta.

A mí me pasa que mezclo hobbies y proyectos: los coches, entrenar, las webs, ADR Works.

La misma actividad puede ser afición y obligación a la vez.

Si conviertes cada interés en proyecto, puedes cargarte lo que te gustaba de él.

Por eso intento que no todo tenga que justificarse con un resultado, aunque mi cabeza funcione así.

Este problema se mezcla bastante con otro que ya he contado: me cuesta no empezar otro proyecto.

Y cuando las ideas empiezan a competir entre sí, también necesito decidir cuáles merecen realmente tiempo. De eso hablo en Cómo priorizar cuando tienes demasiadas ideas y proyectos.

Tampoco quiero irme al extremo contrario.

Disfrutar algo no significa que siempre apetezca hacerlo.

Puedes querer un proyecto y no querer la tarea de hoy.

Una cosa no invalida la otra.

También hay que saber dejar algo

Cumplir contigo mismo tampoco significa continuar eternamente con todo lo que alguna vez decidiste empezar.

Hay proyectos que dejan de tener sentido.

Ideas que parecían mejores antes de probarlas.

Y cosas que simplemente ya no merecen el tiempo que exigen.

La diferencia está entre abandonar conscientemente y pasar meses diciendo “esta semana me pongo”.

Porque dejar de empezar cosas también puede ser una forma de avanzar.

Preguntas frecuentes

¿Incumplir promesas contigo mismo es falta de disciplina?

No siempre.

A veces es cansancio, dolor o saturación, y descansar es lo correcto.

El problema aparece cuando se convierte en patrón y todo se pospone siempre.

¿Qué hago si fallo varios días seguidos?

Normalmente significa que prometí demasiado.

Reduzco la promesa a una sola cosa y, si hace falta, a su versión mínima antes de volver a intentarlo.

¿Hace falta que alguien me controle?

Una estructura externa ayuda, pero antes de buscarla conviene decidir de antemano qué vas a hacer para no negociar contigo mismo justo cuando estás cansado.

Lo que intento recordar

Cuando tienes un jefe, un cliente o una avería urgente, muchas veces la decisión ya está tomada.

Cuando eres tú quien decide, no.

Y algunas de las cosas que más me importan ahora tienen eso en común:

  • ADR Works;
  • los coches;
  • entrenar;
  • los vídeos;
  • las ideas nuevas;
  • los proyectos que quizá algún día generen dinero.

Puedo no hacerlas y probablemente mañana no pase nada.

Pero también puedo mirar dentro de un año y descubrir que todas siguen exactamente donde las dejé.

Que no haya una consecuencia inmediata no significa que no haya una consecuencia.

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