Sigo siendo emprendedor… solo que ahora, principalmente, por la tarde.
Por la mañana trabajo en una multinacional. Cuando termino mi jornada, vuelvo a casa, abro el portátil y sigo construyendo mis propios proyectos.
Esta combinación me está permitiendo observar algo que durante más de veinte años trabajando por mi cuenta no podía ver desde dentro: la enorme diferencia que existe entre incorporar una herramienta nueva cuando tú decides y hacerlo dentro de una organización grande.
Hace unas semanas asistí a una formación sobre inteligencia artificial impartida por Susana Lluna, centrada en Microsoft Copilot, que es la herramienta de inteligencia artificial que tengo disponible en mi entorno laboral.
La formación estaba planteada para un grupo en el que, inevitablemente, había niveles muy diferentes. Y precisamente eso me hizo pensar en una de las dificultades de introducir una tecnología como la inteligencia artificial dentro de una organización grande.
Mientras seguía la formación no podía dejar de compararlo con lo que hago por las tardes en mis propios proyectos.
Si todavía estuviera dirigiendo una de mis empresas y mañana descubriese una herramienta de IA que pudiera ahorrarme dos horas de trabajo, probablemente no habría una formación.
La abriría y empezaría a probarla.
Por qué una gran empresa no puede adoptar IA como un emprendedor
Sería fácil sacar de todo esto una conclusión equivocada: que las grandes empresas van por detrás de las pequeñas en inteligencia artificial.
Los datos dicen precisamente lo contrario.
Según Eurostat, en 2025 utilizaba tecnologías de inteligencia artificial aproximadamente el 55% de las grandes empresas de la Unión Europea, frente al 18,9% de las pequeñas y medianas empresas de entre 10 y 249 personas.
Fuente: Eurostat, Digitalisation in Europe 2026.
Tiene sentido.
Una gran empresa tiene más dinero, departamentos de tecnología, especialistas, capacidad para contratar proveedores y recursos que una pequeña empresa simplemente no tiene.
La diferencia que estoy observando no está tanto en la capacidad para adoptar inteligencia artificial como en la velocidad con la que una persona puede experimentar con ella.
Una organización grande no puede permitir que miles de empleados empiecen a utilizar mañana cualquier aplicación que encuentren por Internet.
Hay datos de clientes, contratos, información financiera, protección de datos, ciberseguridad, permisos, responsabilidades e integraciones con otros sistemas.
Y unas cuantas capas más que probablemente yo ni siquiera conozca.
Por eso una herramienta tiene que ser evaluada, aprobada, configurada y finalmente puesta a disposición de las personas que van a utilizarla.
Desde el punto de vista de la empresa tiene toda la lógica.
Desde el punto de vista de alguien que ha pasado más de veinte años tomando muchas decisiones prácticamente en tiempo real, la sensación es distinta.
Cuando tenía una pyme, el protocolo era yo
Cuando trabajaba por mi cuenta, si aparecía una herramienta que podía resolverme un problema, podía probarla esa misma tarde.
No tenía que preparar una propuesta.
No tenía que esperar a que alguien la homologase.
No tenía que comprobar si estaba incluida en un catálogo corporativo de aplicaciones.
La probaba.
Si funcionaba, seguía utilizándola.
Si no funcionaba, la eliminaba.
Y si tres semanas después aparecía algo mejor, podía cambiar otra vez.
Eso no significa que una pequeña empresa pueda hacer cualquier cosa.
La protección de datos, la confidencialidad de los clientes y la seguridad también existen en una pyme. La diferencia era que la responsabilidad de decidir qué herramienta podía utilizar, con qué datos y para qué era mía.
No había cinco departamentos entre detectar una necesidad y probar una solución.
Esa libertad también tiene inconvenientes.
He pagado herramientas que después no servían para nada, he probado sistemas absurdos y he perdido horas intentando automatizar cosas que probablemente habría terminado antes haciendo a mano.
La libertad para experimentar incluye también la libertad para equivocarte.
Pero permite una velocidad difícil de conseguir dentro de una estructura grande.
Copilot en una empresa y las herramientas que uso por mi cuenta
Microsoft Copilot me parece una herramienta interesante, especialmente por algo que en una empresa grande importa muchísimo: está integrado dentro del ecosistema que ya utiliza la organización.
Outlook, Teams, documentos, archivos y otras herramientas pueden formar parte del mismo entorno.
Cuando trabajo en mis proyectos, mi problema es distinto.
Yo puedo utilizar ChatGPT hoy, probar Claude mañana, montar una automatización con n8n, conectar una API y abandonar cualquiera de esas herramientas dentro de un mes si encuentro otra que funciona mejor.
No tengo que estandarizar mi sistema para miles de personas.
Solo necesito que me funcione a mí.
Por eso tampoco valoro una herramienta de la misma manera en los dos contextos.
Para determinadas tareas que hago fuera del trabajo, a día de hoy, mi impresión personal sería algo parecido a poner a Copilot alrededor de un 6 sobre 10 y a Claude gratuito alrededor de un 8 sobre 10.
No es una comparativa técnica ni significa que Claude sea necesariamente una mejor elección para una gran empresa.
Para mí pesan mucho la sencillez, la calidad de determinadas respuestas y la libertad para cambiar de herramienta en cualquier momento.
Una multinacional tiene que valorar muchas otras cosas:
- seguridad;
- gobernanza;
- integración;
- control de accesos;
- soporte;
- escalabilidad.
Yo estoy eligiendo una herramienta.
Una empresa grande está eligiendo parte de su infraestructura.
Formar a mucha gente no es lo mismo que aprender por tu cuenta
La formación tenía que partir de una base bastante introductoria. En un grupo con niveles muy diferentes, probablemente no tendría sentido diseñarla pensando únicamente en quienes ya utilizan herramientas de inteligencia artificial todos los días.
En mi caso, como llevo tiempo probando modelos, automatizaciones y herramientas distintas, buena parte de esos conceptos ya me resultaban familiares.
Pero una formación dentro de una empresa tiene que servir también para alguien que abre un asistente de inteligencia artificial por primera vez y todavía no sabe muy bien qué puede pedirle.
Y ahí aparece otra diferencia importante entre aprender por tu cuenta y desplegar una tecnología dentro de una organización.
Yo puedo avanzar al ritmo que quiera.
Una empresa tiene que conseguir que avance mucha gente.
La ventaja de una pyme con la inteligencia artificial no es tener más tecnología
Las grandes empresas tienen más recursos para adoptar inteligencia artificial. Y, de hecho, los datos muestran que actualmente la utilizan en mucha mayor proporción.
Pero una pequeña empresa bien dirigida tiene una ventaja que no debería desperdiciar: la velocidad.
No necesita construir sus propios modelos ni contratar un departamento completo de inteligencia artificial.
Puede detectar pequeñas tareas que consumen tiempo y comprobar rápidamente si alguna herramienta disponible permite hacerlas mejor.
- Responder o preparar correos.
- Crear una primera versión de un presupuesto.
- Resumir documentación.
- Analizar información.
- Crear procedimientos.
- Ordenar datos.
- Automatizar tareas administrativas.
- Preparar una primera versión de algo que después revisará una persona.
Ya escribí sobre esta idea desde otro ángulo en Delegar en personas o máquinas con inteligencia artificial.
La ventaja de una pequeña empresa no está necesariamente en tener mejor tecnología.
Está en poder decidir el martes que una herramienta merece la pena y estar utilizándola el miércoles.
El tamaño también genera inercia
Durante muchos años pensé que una empresa pequeña estaba casi siempre en desventaja frente a una grande.
En compras, financiación, personal, tecnología, capacidad de negociación y muchas otras áreas normalmente es verdad.
Pero el tamaño también genera inercia.
Cuantas más personas, sistemas, responsabilidades y procesos existen, más difícil resulta cambiar una pieza sin afectar a otras.
Una pyme tiene menos recursos.
Pero también puede tener mucha menos distancia entre descubrir algo y ponerlo a trabajar.
Ahora puedo ver los dos lados
Hace algo más de un año estaba al otro lado.
Después de más de veinte años trabajando por mi cuenta pasé a trabajar por cuenta ajena. Ya conté esa transición en Pasar de empresario a empleado.
Después vendí parte de mi actividad, pero aquello tampoco consiguió cambiar demasiado mi manera de pensar. De hecho, terminé escribiendo Vendí mi empresa. No dejé de ser empresario.
Ahora entiendo mucho mejor por qué existe el protocolo.
Y al mismo tiempo sigo teniendo el impulso de eliminarlo cuando trabajo en mis propios proyectos.
No en mi trabajo.
Ahí utilizo las herramientas que tengo disponibles y dentro de las condiciones en las que puedo utilizarlas.
Pero cuando termina mi jornada cambia el escenario.
Vuelvo a casa.
Abro el portátil.
Pruebo una IA.
Monto una automatización.
Creo una web.
La rompo.
La vuelvo a montar.
Cambio de herramienta.
Y sigo.
La velocidad puede ser una ventaja de las pequeñas empresas con la IA
No creo que la inteligencia artificial vaya a hacer desaparecer a las grandes empresas ni que automáticamente convierta a una pyme en más competitiva.
Eso sería otra de esas frases grandilocuentes sobre inteligencia artificial que quedan muy bien en LinkedIn y sirven para bastante poco.
Pero sí creo que esta tecnología está reduciendo el coste de experimentar.
Y cuando experimentar resulta más barato, la velocidad empieza a tener mucho más valor.
Una gran organización puede tener más recursos.
Una pequeña empresa puede tener menos distancia entre descubrir una herramienta y utilizarla.
Y un emprendedor que trabaja solo puede tener todavía menos.
Ahora vivo los dos extremos prácticamente todos los días.
Por la mañana trabajo dentro de una estructura donde una nueva herramienta tiene que encajar con muchas otras piezas.
Por la tarde vuelvo a un sistema mucho más sencillo… uno en el que pienso, valoro y ejecuto… en minutos y a veces con sólo un móvil.
Si quiero probar algo nuevo, normalmente solo necesito una razón suficientemente buena para hacerlo.
Después de más de veinte años trabajando por mi cuenta pensaba que pasar a ser empleado cambiaría bastante mi forma de ver el trabajo.
Lo ha hecho.
Pero hay algo que, por ahora, parece bastante más difícil de cambiar.
Sigo siendo emprendedor.
Solo que ahora empieza cuando termina mi jornada.
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